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| Artículos de Gustavo Rodriguez |
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7 de enero de 2006 - El Comercio
Este artículo casi no es mío
Hace una semanas mi buen amigo Guillermo Giacosa presentó su primer libro ante un grupo de emocionadas personas. Aquella noche, el cable del micrófono trasladó a nuestros oídos una serie de anécdotas electrizantes vividas por él. La mayoría de ellas bien podría ilustrar páginas sobre aprendizajes de vida. Sin embargo, una de ellas me pareció propicia para esta página en particular. Por favor, acompáñeme a imaginar a Guillermo en su pequeña cama. El sol de Rosario se impone a las cortinas, y penetra en los objetos de su infancia. Cariñosas manos maternas le frotan ungüentos, y voces familiares lo confortan. Él no termina de entender qué es aquello tan grave que le han diagnosticado. No sangra. No se queja. No tiene síntomas exteriores de gravedad. Lo que le ocurre trabaja por dentro: una silenciosa afección pulmonar lo ha puesto en riesgo. Guillermo sufre por el tedio de la inmovilidad, pero no puede quejarse: la enfermedad lo ha transformado en el sol de su familia. Por primera vez, desde que nació, todas las decisiones familiares y las expresiones de cariño giran alrededor de él. Sin embargo, algo imprevisto ocurre un día. Su hermano empieza a quejarse de un dolor en un costado. Guillermo presiente que le está naciendo competencia. Sus padres llevan a su hermano y, al poco tiempo, lo traen de vuelta. Su hermano ya no se queja. La causa de su dolor ha regresado con él en un frasco: un apéndice ha sido extirpado. Su hermano es un héroe súbito. Sus amigos lo visitan para que les cuente cómo se siente que un cuchillo te abra las tripas. El hermano sonríe abrumado y, para hacerse entender, le basta con mostrar la cicatriz en su costado. Sus amigos, admirados, mueren por tocarla. Los tíos, fascinados, examinan el frasco con formol. Guillermo ha sido olvidado. Y hoy, cincuenta años después, él mismo ríe al revivir la envidia de haber constatado cómo una apendicitis de rutina tuvo más publicidad que una alarmante –pero no visible- enfermedad pulmonar.
Esta anécdota de Guillermo ilustra uno de los pilares que sostienen al trabajo publicitario: las personas tienden a dejarse a llevar por percepciones. Todos "compramos" la cobertura antes que aquello que subyace. El escritor Javier Arévalo dice algo parecido en su última novela: "Es bastante fácil juzgar a las personas, y mucho más valerse de las apariencias para no tener que agotarse conociendo a la gente". El gran reto de los publicistas parte de este hecho: ¿cómo hacer visible y de fácil percepción aquella esencia vital que pueden compartir productos y usuarios? Sin embargo, pocas veces los publicistas logramos este reto de verdad. Lo que vemos usualmente a toda hora son efectismos que llaman la atención, pero que no necesariamente conectan con la profundidad. Sin embargo, estos errores cometidos por publicistas se convierten en pecados cuando son cometidos por periodistas. Ocurre cuando vemos en carátulas aquellas noticias que deberían estar en la página quince. Y cuando escuchamos como notas al margen aquellos temas que, de verdad, son relevantes para el país. Por ejemplo, vemos como titular que un ex vicepresidente se ha propuesto reconquistar a su esposa cuando, en ese mismo instante y lugar, se estaba celebrando la duplicación de nuestras exportaciones. En otras palabras, vemos exhibidos los frascos con apéndices, y no los pulmones en riesgo.
A los publicistas se nos pide efectismo que acabe en ventas.
Los periodistas, ¿no se estarán acercando demasiado a esto?
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| 10 de diciembre de 2005 - El Comercio |
Queridas tiendas por departamentos
Estimados señores,
Es posible que esta carta sea tomada por ingenua, pero igual la enviaré. Riesgos más grandes he tomado en mi vida. Aunque no tantos como los que enfrenta un peruano promedio cuando afronta nuestra realidad nacional.
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